Cine ochentero para Navidad

por | 7 Dic, 2017 | Cine

Llega la Navidad, y un montón de tardes de sofá y palomitas. ¿Qué tal una sesión de cine ochentero?

Estamos en una época del año odiosa, “seriéfilamente” hablando, (en realidad me encanta la Navidad): el descanso de mitad de temporada, conocido entre el público americano como hiatus, y más concretamente, entre los adictos a las series como hell-atus (por aquello de hell o infierno)

Es este el momento perfecto para actualizar las series que dejaste colgadas en verano, porque te es imposible seguir a la vez que esas otras veinte que llevas al día; es la ocasión para dar la oportunidad a todas esas que te recomiendan primos y cuñados, “a ti que te gustan la series”. Y, por supuesto, es el tiempo de ver clásicos de cine (ochentero, preferiblemente) ambientados en la Navidad.

Y, aunque los que me conocen, pensarán que me refiero, a “Qué bello es vivir” o “Love, actually”, (que programarán, seguro, en uno o varios canales estas fiestas), he de deciros que no. Hoy, vengo a hablaros de tres clásicos ochenteros que una cuarentañera como yo (no me llaméis cuarentona, por favor) no puede pasar por alto. Acción, miedo y comedia, para tres títulos que, al menos, habréis visto diez veces, y que seguro que no os importa recordar.

No es casualidad que la película navideña favorita de Oliver Queen sea La Jungla de Cristal (1988). La verdad es que es esta una memorable cinta de acción. John McClane (interpretado por un Bruce Willis al que aún quedaba algo de pelo, y que ya nos había conquistado como David Addison en Luz de Luna) es un policía de Nueva York. No es lo mismo que ser un policía en cualquier otra ciudad del mundo. John ha ido a Los Angeles a celebrar la Navidad con sus hijos y Holly, su  ex-mujer, que trabaja en el Nakatomi Plaza, un conocido rascacielos, edificio al que irá de visita durante la fiesta de Navidad de la empresa.

Durante la fiesta, (y mientras John se refresca en el baño) un grupo de terroristas toma el edificio, con la intención de robar una insana cantidad de dinero que se guarda en la caja fuerte del edificio Nakatomi. Y McClane, en camiseta y descalzo, y con la única ayuda de un policía que ha comido demasiados donuts (y que era el padre de la serie Cosas de Casa, sí la de Steve Urkel), su ingenio y un poco de suerte, podrá terminar con los malos. Malos encarnados, entre otros, por Alexander Godunov (aquel bailarín ruso de rubia melena que conquistó, nada menos que a Jacqueline Bisset), y el inolvidable Alan Rickman, en el primer papel memorable de los que interpretó, y al que podemos homenajear viendo esta peli en su honor. Y cuando acabéis podéis decir eso de “Yippy ka hey, hijo de puta“. Tiene cuatro secuelas.

Si el subidón de adrenalina de esta peli no ha sido suficiente, entonces podéis poner en el DVD la siguiente del menú de cine ochentero de hoy, que no es otra que Gremlins (1984), escrita por Chris Columbus y producida por Steven Spielberg. Venga, espero mientras vais al microondas a preparar palomitas.

El padre inventor de Billy encuentra en Chinatown el regalo perfecto de Navidad para su hijo, en un misterioso y adorable animalillo; un mogwai (que en chino significa espíritu maligno, lo cual debería darnos una pista). Si quieres tener un mogwai debes de seguir, a rajatabla, tres reglas, fáciles de recordar. No se pueden mojar, no les puede dar la luz del sol, y nunca, bajo ningún concepto, pueden comer nada después de medianoche.

Gizmo, (que es el nombre que le van a dar al simpático animalillo) es cariñoso, canta, y es simplemente achuchable. Pero Billy, por accidente va a dejar caer unas gotas de agua sobre él (primera regla rota), y como consecuencia de ello Gizmo se va a reproducir. Y los hijos de Gizmo no son en absoluto adorables, sobre todo el punk de la cresta blanca.

Y otra vez Billy, por accidente, (o encerrona) va a romper otra regla, la peor de todas. Va a darles de comer después de medianoche. A todos menos a Gizmo, claro está. El problema es que eso va a producir una metamorfosis en los mogwais, que se van a convertir en auténticos demonios asesinos, que se van a volver contra ellos, y contra todo el pueblo. Y sólo hay una manera de matarlos, y es con la luz del sol. Tiene dos secuelas.

Llegados a este momento, seguramente la tensión pueda con nosotros, y lo mejor que podemos hacer es descargar un poco a base de carcajadas. Creo que ha llegado el turno a Solo en casa (1990), la película gracias a la que conocimos a Macaulay Culkin, aquel niño que era casi tan adorable como un mogway, para convertirse en un adulto que parecía haber comido después de medianoche.

Kevin McCallister es un niño un poco travieso, que ha de viajar con su familia (padres, hermanos, tíos y primos) a pasar la navidad a París. La noche antes del viaje, le mandan a la cama castigado, y al dormirse desea que su familia no existiera.

La mañana siguiente resulta ser un caos. El despertador no ha sonado, y todos tienen que correr para no perder el avión. Para asegurarse de que todos los niños están en la furgoneta que les llevará al aeropuerto, alguien se limita a contar cabecitas, sin darse cuenta de que una de ellas es la del vecino, y no la de Kevin. Tampoco se percatan de que no está mientras corren a la puerta de embarque. No es hasta que el avión ha despegado cuando, por fin, su madre descubre el embolado. Nada más aterrizar en París empieza a buscar la manera de volver a casa, mientras el resto de la familia decide esperar el siguiente avión.

Mientras, Kevin despierta y cree que su deseo se ha cumplido. Por lo que empieza a hacer todo lo que sus padres le habrían prohibido hacer. Y todo hubiera sido como un sueño, si no hubiera sido porque descubre a un par de rateros que han decidido entrar a robar en su casa, creyendo que está vacía. Desde luego no esperan encontrar las terribles trampas que les aguardan en el hogar de los McCallister, diseñadas por la mente más malvada que pueda existir. La de un niño travieso. Tiene tres secuelas.

Yo voy a continuar el maratón con Algo para recordar, pero vosotros haced lo que queráis…